El robo


2. Escribir un relato sin adverbios -mente.

El robo

Cuando vives en una villa lejos de otro tipo de civilización, vives a la sombra de las hazañas de tus parientes. Van pasando los años y todos tus vecinos tienen el ojo puesto en ti. Te acechan para que des lo mejor de ti, para que superes sus expectativas.

Da igual los planes que tú tuvieras para tu vida. Da igual que no quisieras arruinar la vida de nadie. Mientras que toda la villa era buscada por el resto del mundo por sus fechorías, yo solo quería pintar.

Por ello decidí hacer algo por lo que mis padres estarían orgullosos de mí. Una tarde en la que el sol estaba en lo alto, acechante desde su puesto, me colé entre el botín de las hermanas Alastair. Eran las más conocidas a nivel internacional, se contaban leyendas que hacían fantasear a los niños y sonreír a los ancianos de puro orgullo. Pero lo que me llevó a inspeccionar su tesoro, que por cierto era enorme, fue el hecho de haber escuchado que incluso habían robado libros. Libros. En aquellos tiempos solo de pensar en libros se me hacía la boca agua.

Sin embargo, cuando entré vi de todo menos libros. Vi espadas, ropa, joyas, fotografías, documentos sueltos,… Y objetos extraños. Tropecé entre las alfombras enrolladas de terciopelo anaranjado y las cortinas ensangrentadas y creé tanto estropicio y tanto ruido que no tuve otra que marcharme de allí cogiendo, sin querer, un pedrusco gris sucio.

Agradecí, eso sí, y aún lo sigo agradeciendo que tuvieran los ojos puestos en mí por la fama de mis parientes porque me ayudó a aprender a huir, a ser ligero como un puma en la noche.

No paré de resbalarme entre las sombras de la villa hasta que llegué a mi lugar favorito en el mundo: a orillas del río. Se deja correr a la izquierda del pueblo, creando una hondonada tan profunda que nadie, salvo nosotros, tiene las agallas de cruzar.

Recuerdo que cuando por fin llegué allí me di cuenta. En mi mano izquierda allí estaba, aquel pedrusco. Me pregunté por qué narices habían robado una piedra del camino. Robarle a la naturaleza estaba demasiado chupado. «­¿Qué hacían villanas de su nivel robando algo tan simple?», sé que pensé. Así que empecé a inspeccionarlo. Debía de ser algo importante.

En el momento en que me puse a preguntar sobre cuántas piedras preciosas existían, aquel objeto empezó a brillar y en mi mente apareció la respuesta. Como un soplo de aire limpio vino y se quedó a vivir en mí. Por si acaso, se me ocurrió preguntarme sobre qué era el chocolate. Y se dibujó en mi mente una noción alejada de lo que yo jamás pudiera decir. Un alimento tanto dulce como empalagoso, que te embadurna la boca como si fuera barro cremoso y por el que se han librado eternas peleas.

Aquella piedra tenía un poder maravilloso y yo me quedé durante días preguntándole cosas del mundo. Cuando ya no se me ocurría qué más cosas preguntarle decidí que ya era suficiente. Hasta que recordé qué fue lo que hizo que me la cruzó en mi vida. Y le pregunté nociones sobre pintar. Me habló proyectando su eterna sabiduría sobre los distintos trazos, sobre las diferentes herramientas para llevarlo a cabo.

Cuando ya creí hacerme con la teoría, me aislé en mi cuarto. Al principio yo no me daba cuenta, ¡estaba demasiado concentrado!, pero por cada trazo la piedra volvía a iluminarse como si me preguntara a qué sabe el cielo o cómo será el mundo dentro de mil años. Hasta que no terminé mi primera pintura no me di cuenta. Había dibujado un bola extraña aplanada por los lados sobrevolando por encima de una ola alta que estaba a punto de devorar a una pareja.

No entendía por qué se iluminaba, cuando lo comprendí ya era demasiado tarde. Cada vez que hacía uso de los conocimientos que la maldita piedra me había proporcionado a mi alrededor la vida se acababa. Primero fueron mis padres, murieron en el acto sucumbidos por una fuerza inexplicable. Más tarde fueron mis primos. Algunos pensaron que se trataba de una plaga y huyeron de la villa, no pudieron huir muy lejos. No hay escondrijos para la piedra que todo sabe y a todo se lleva.

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