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Los recuerdos

Anoche antes de decidirme a dormir se me vino la primera frase, y me dije “vamos a escribirla” y después vino todo lo demás. Espero que os guste, o al menos os entretenga como a mí me entretuvo.

Los recuerdos

—¡La nostalgia cuesta dinero! —inquirió dando un golpe en el mostrador.
—¿Dinero? La nostalgia cuesta recuerdos —murmuró ella y guardó el bote de nuevo bajo el mostrador.
—El dinero tiene un valor… —explicó sin que nadie se lo pidiese. Algunos tenían síndrome de maestro.
—El valor es algo mundano. Cambia según quién lo aprecie.

Tamborileó los dedos, cansada. Aquella charla no iría a ningún lado, y a ese tipo ataviado con una gabardina cara no le parecía importar. Claro, no tendría ningún trabajo con el que ganarse la vida, probablemente habría nacido con la vida resuelta. «Qué triste», pensó meneando la cabeza. «Vivir en una burbuja quebradiza y que te quiten todas las herramientas para desenvolverte cuando esta se rompa».
—Cambia con el tiempo. —Le sacó de sus pensamientos, cierto, seguía ahí, creyendo tener razón. Y ojalá solo fuera eso, era un colonizador de pensamientos, iluminador en los puertos. Algunos barcos quedarían cegados con su dialéctica, pero ella no pensaba atracar en un lugar que olía a cerrado.
—¿El tiempo? No existe.
—Pero qué está usted diciendo.
Enarcó una ceja, «usted». No se llevarían muchos años entre sí, de hecho ella estaba segura de que él sería mayor, aunque fuera un par de años. «Usted» volvía a metérsele bajo la piel, como una criatura que quisiera saciarse con sus entrañas. Se rascó los brazos, nerviosa.
—No entiende nada de la vida —sentenció a riesgo de que no se fuera nunca de allí—. Valor, tiempo, ¿qué será lo siguiente? Debería volver a la escuela. A menudo quien trata de dar lecciones, es quien más debería estudiarlas.
—Pero… ¡habrase visto! —Un proyectil de saliva salió junto a sus palabras, directo y cálido, aterrizó en su mejilla. Sin mucho disimulo ella sacó un pañuelo y se limpió sin cambiar su cara en la que aún se reflejaba serenidad—. No he venido aquí para me falten al respeto.
—¿Se ofende?
—No, quién se ha ofendido es usted.
Eso no tenía ningún sentido. ¿Acaso sería un mecanismo de defensa? ¿De ataque? Ataca a tu adversario usando una lógica descabellada, se hace más fuerte si previamente ha habido una conversación larga y desesperante. Acumula puntos para el siguiente turno, en cuyo caso exista y no haya caído ante sus brazos, encandilada su presa por sus conocimientos. Dichos puntos se podrán canjear por el super poder más poderoso de todos, el «quita que tú no sabes» definitivo.
—Yo no me he ofendido. Pero parece estar a punto de estallar: su cara roja, la vena a punto de reventar…
—¡No me conoce!
—Ninguna gana tengo.
—Yo he sido…
—Le he dicho que no tengo ganas de conocerlo —hasta ahí podría llegar—, no me cuente su vida.
—¡Otra vez me ha faltado al respeto! —Rojo como un tomate modificado para ser cegadoramente rojo y con esa voz chillona de crío pequeño con una pataleta, que no sabe estar porque nunca se lo han enseñado. Porque él había sido el centro de un universo donde el aire era bien diferente. Y ahora se asfixia porque tiene que volver a respirar, le ahostian como si volviera a nacer y en vez de repetir el proceso de llorar para que el aire entre, se mantiene. Cree verse fuerte, pero los tomates se pudren rápido y se agrietan con cualquier tipo de rasguño.
—Le he dicho que no me interesa su vida. —Ella viste una sonrisa interna, agradece la gran diferencia que hay entre les dos. Habla pausadamente porque no tiene ninguna razón por la cual chillar, como él. Su orgullo no está herido, lo que se le resiente es otra cosa—. Está ocupando mi hora de trabajo, no cobro por escuchar su sermón. Acuda a un psicólogo si quiere ser escuchado, o háblale a los muñecos si no quiere un diálogo. Pero no venga a quitarme horas de trabajo.
—¿Trabajo? Si es un mal vendedor.
—Yo no vendo nada.
—No si visto está…
—Le he dicho que no soy un vendedor. Yo fabrico cosas.
—Y cómo se gana la vida.
—Se lo he dicho, fabrico cosas. —¿Cómo podía existir gente que de veras no oyera lo que le dicen?
—Y luego se las venderá a alguien.
—Le he dicho que no me dedico a vender.
—¿Y cómo cobra?
—Con los recuerdos.